Destino manifiesto

Destino manifiesto

California, probablemente, se alejará próximamente de la débil adhesión que, en un país como México, mantiene a una provincia remota en una especie de dependencia levemente equívoca de la metrópoli. Imbécil y distraído, México nunca podrá ejercer una autoridad gubernamental real sobre un país así. La impotencia del uno y la distancia del otro, deben hacer de la relación una virtual independencia; a menos que, atrofiando la provincia de todo crecimiento natural y prohibiendo esa inmigración, que es la única que puede desarrollar sus capacidades y cumplir los propósitos de su creación, la tiranía pueda retener un dominio militar, que no es un gobierno en el sentido legítimo del término.

En el caso de California, esto ahora es imposible. El pie anglosajón ya está en sus fronteras. Ya la vanguardia del irresistible ejército de la emigración anglosajona ha comenzado a caer sobre ella, armada con el arado y el rifle, y marcando su rastro con escuelas y colegios, juzgados y salones de representantes, molinos y centros de reuniones. Una población pronto estará en ocupación real de California, sobre la cual será ocioso que México sueñe con el dominio. Necesariamente se volverán independientes. Todo esto sin la agencia de nuestro gobierno, sin la responsabilidad de nuestro pueblo, en el flujo natural de los acontecimientos, el funcionamiento espontáneo de los principios y la adaptación de las tendencias y deseos de la raza humana a las circunstancias elementales en medio de las cuales se encuentran. ellos mismos colocados.

Y tendrán derecho a la independencia, al autogobierno, a la posesión de las casas conquistadas del desierto por sus propios trabajos y peligros, sufrimientos y sacrificios, un derecho mejor y más verdadero que el título artificial de soberanía en México. a mil millas de distancia, heredando de España un título bueno solo frente a los que no tienen ninguno mejor. Su derecho a la independencia será el derecho natural de autogobierno perteneciente a cualquier comunidad lo suficientemente fuerte como para mantenerlo, distinto en posición, origen y carácter, y libre de cualquier obligación mutua de pertenencia a un cuerpo político común, vinculando a otros por el deber de lealtad y pacto de fe pública. Este será su título de independencia; y con este título, no puede haber duda de que la población que ahora fluye rápidamente hacia California

ambos afirmarán y mantendrán esa independencia.

No se puede predecir con certeza si luego se unirán a nuestra Unión o no. A menos que el ferrocarril proyectado a través del continente hasta el Pacífico se lleve a cabo, tal vez no sea así; aunque incluso en ese caso, no está lejano el día en que los imperios del Atlántico y el Pacífico volverían a fluir juntos en uno solo, tan pronto como sus fronteras interiores se acercaran entre sí. Pero esa gran obra, colosal como parece el plan en su primera sugerencia, no puede permanecer mucho tiempo sin construir.

Su necesidad para este mismo propósito de unir y mantener unida en su cierre de hierro nuestra región del Pacífico que se está asentando rápidamente con

el del valle de Mississippi, la facilidad natural de la ruta, la facilidad con la que se puede extraer cualquier cantidad de mano de obra para la construcción de las poblaciones superpobladas de Europa, que se pagará en las tierras valiosas por el progreso de la obra en sí - y su inmensa utilidad para el comercio del mundo con toda la costa oriental de Asia, por sí sola casi suficiente para el sustento de tal camino - estas consideraciones dan seguridad de que no puede estar lejano el día en que será testigo del traslado de los representantes de Oregon. y California a Washington en menos tiempo que hace unos años se dedicó a un viaje similar por los de Ohio; mientras que el telégrafo magnético permitirá a los editores del Unión de San Francisco, los Poste de la tarde de Astoria, o la Noticias de la mañana de Nootka, para configurar en tipo la primera mitad de la toma de posesión del presidente antes de que los ecos de la segunda mitad se hayan extinguido bajo el pórtico elevado del Capitolio, como dijo de sus labios.

Lejos, pues, de toda la ociosa charla francesa sobre equilibrios de poder en el continente americano. ¡No hay crecimiento en Hispanoamérica! Cualquiera que sea el progreso de la población que pueda haber en las Canadá británicas, es sólo para su propia ruptura temprana de su actual relación colonial con la pequeña isla de 3,000 millas al otro lado del Atlántico; pronto será seguida por la anexión, y destinada a engrosar el ímpetu de nuestro progreso, que aún se está acumulando.

Y quienquiera que mantenga el equilibrio, aunque arroje en la balanza opuesta todas las bayonetas y los cañones, no solo de Francia e Inglaterra, sino de toda Europa, ¿cómo patearía la viga contra el simple y sólido peso de los 250? ¡300 millones, y millones de estadounidenses, destinados a reunirse bajo el aleteo de las rayas y las estrellas, en el acelerado año del Señor 1945!

En las regiones fluviales y ondinas de la Mesopotamia de Iowa; en el gran delta del tronco concentrado del Mississippi; en el maravilloso Piamonte que desciende desde la base oriental de las Montañas Rocosas y las acompaña por todo nuestro territorio; y, sobre todo, en la extensión sublime de llanuras de la pradera alrededor de las cuales se agrupan, como aguiluchos en el seno de su dama, tiene el gusto infinito del Creador agrupando en gloria radiante las bellezas más suaves y brillantes de su creación. Tampoco con menos elección y sublimidad trascendente ha amontonado hacia el cielo las titánicas estructuras de basalto que se elevan sobre nuestro litoral occidental ... Conocer y apreciar la maravillosa grandeza y valor de este nuevo país, es glorioso para el patriota y sensato. Negar su excelencia y traducir su valor, es la característica de un corazón estrecho y un político traficante.

El hombre tranquilo y sabio se pone a estudiar correctamente y comprender claramente los designios profundos de la Providencia - a escudriñar el gran volumen de la naturaleza - para sondear, si es posible, la voluntad del Creador, y recibir con respeto lo que le pueda ser revelado.

Dos siglos han pasado sobre nuestra raza en este continente. De la nada nos hemos convertido en 20.000.000. De la nada hemos crecido para estar en la agricultura, en el comercio, en la civilización y en la fuerza natural, la primera entre las naciones existentes o en la historia. Tanto es nuestro destino hasta ahora; hasta este punto - negociado, cumplido, seguro y no discutible. Desde este umbral leemos el futuro.

El destino no negociado del campo estadounidense es someter al continente, precipitarse sobre el vasto campo hasta el Océano Pacífico, animar a los cientos de millones de habitantes y animarlos hacia arriba, para poner en funcionamiento el principio del autogobierno. - para agitar estas masas hercúleas - para establecer un nuevo orden en los asuntos humanos - para liberar a los esclavos - para regenerar naciones anticuadas - para cambiar la oscuridad en luz - para despertar el sueño de cien siglos - para enseñar a las naciones antiguas una nueva civilización - confirmar el destino de la raza humana - llevar la carrera de la humanidad a su punto culminante - hacer renacer a personas estancadas - perfeccionar la ciencia - adornar la historia con la conquista de la paz - derramar una nueva y resplandeciente gloria sobre la humanidad, unir al mundo en una sola familia social, disolver el hechizo de la tiranía y exaltar la caridad, absolver la maldición que pesa sobre la humanidad y derramar bendiciones en todo el mundo. ¡Tarea divina! misión inmortal! Caminemos rápida y alegremente por el sendero abierto que tenemos ante nosotros. ¡Que todos los corazones estadounidenses se abran de par en par para que el patriotismo brille intacto y confíe con fe religiosa en el sublime y prodigioso destino de su amado país!

¿Cuál es el territorio, señor presidente, que se propone arrebatarle a México? Está consagrado al corazón del mexicano por muchos una reñida batalla con su viejo maestro castellano. ¡Sus Bunker Hills, Saratogas y Yorktowns están ahí! El mexicano puede decir: "Ahí sangré por la libertad; ¿y entregaré esa casa consagrada de mis afectos a los invasores anglosajones? ¿Qué quieren de ella? Ya tienen Texas. Se han adueñado del territorio entre los dos. Nueces y el Río Grande. ¿Qué más quieren? ¿A qué señalaré a mis hijos como memoriales de esa independencia que les legaré cuando esos campos de batalla hayan pasado de mi posesión? Señor, si alguien hubiera venido y le hubiera pedido Bunker Hill a la gente de Massachusetts, si el león de Inglaterra se hubiera mostrado alguna vez allí, ¿hay un hombre mayor de trece y menor de noventa que no hubiera estado listo para recibirlo? ¿Hay un río en este continente que no se hubiera vuelto rojo de sangre? ¿Hay un campo que no hubiera sido amontonado con los huesos insepultos de los estadounidenses sacrificados antes de que estos consagrados campos de batalla de la libertad nos hubieran sido arrebatados? Pero este mismo norteamericano entra en una república hermana y le dice al pobre y débil México: "Renuncia a tu territorio, eres indigno de poseerlo; ya tengo una parada y todo lo que te pido es que renuncies a la otra". Inglaterra también podría, en las circunstancias que he descrito, haber venido y exigirnos: "Abandona la vertiente atlántica; entrega este territorio insignificante desde las montañas Alleghany hasta el mar; es solo de Maine a St. Mary's; solo alrededor de un tercio de su República, y la parte menos interesante de ella ". Cual seria la respuesta? Dirían que debemos entregarle esto a John Bull. ¿Por qué? "Quiere espacio". El senador de Michigan dice que debe tener esto. ¿Por qué, mi digno hermano cristiano, sobre qué principio de justicia? "¡Quiero espacio!"

Señor, mire esta pretensión de falta de espacio. Con veinte millones de personas tienes alrededor de mil millones de acres de tierra, invitando a asentamientos con todos los argumentos imaginables, reduciéndolos a un cuarto de dólar el acre y permitiendo que cada hombre se acueste donde le plazca. Pero el senador de Michigan dice que seremos doscientos millones en unos años, y queremos espacio. Si yo fuera mexicano, te diría: "¿No tienes espacio en tu propio país para enterrar a tus muertos? Si vienes al mío, te saludaremos con las manos ensangrentadas y te daremos la bienvenida a tumbas hospitalarias".

América del Norte presenta a los ojos un gran sistema geográfico, cada parte del cual, con las actuales facilidades de comunicación, puede hacerse más accesible a los demás de lo que eran los Estados originales entre sí en el momento en que formaron la Confederación; pronto se convertirá en el centro comercial del mundo. Y el período no es en modo alguno remoto, cuando el hombre, con respecto a sus propios deseos e impulsos, y cediendo a las influencias de leyes más potentes que las que prescriben límites artificiales, ordenará que se unirá en lazos políticos y naturales, y forman un solo sistema político, y que una república libre, confederada y autónoma, representada en un salón común en el gran valle del oeste, exhibiendo a un mundo admirador los poderosos resultados que se han logrado para la libertad en el hemisferio occidental. .

Entonces se formará una Unión más perfecta y se establecerá la justicia sobre bases duraderas: se asegurará la tranquilidad doméstica, se proveerá la defensa común, se promoverá el bienestar general y se asegurarán las bendiciones de la libertad para la posteridad.

Nuestra forma de gobierno se adapta admirablemente al imperio extendido. Fundada en la virtud y la inteligencia del pueblo, y derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados, sus influencias son tan poderosas para el bien en los límites más remotos como en el centro político.

Somos diferentes a todas las comunidades que nos han precedido, y las ilustraciones extraídas de compararnos con ellas son injustas y erróneas.

El orden social que caracteriza a nuestro sistema es tan diferente de las repúblicas militares de otros tiempos, como lo es la religión del Salvador de los hombres a las imposiciones de Mahoma. Nuestro sistema gana con su justicia, mientras que el de ellos busca aterrorizar con su poder. Nuestro límite territorial puede abarcar el continente, cuadriplicar nuestra población y duplicar el número de nuestros Estados, sin inconvenientes ni peligros. Cada miembro de la Confederación todavía se sostendría y contribuiría con sus influencias para el bien general; cada pilar se mantendría erguido e impartiría fuerza y ​​belleza al edificio. En materia de legislación nacional, una población numerosa, un territorio extendido e intereses diversificados tenderían a reformar abusos que de otro modo quedarían sin remedio, a preservar los derechos de los Estados y a traer de vuelta el curso de la legislación desde el centralismo al que se apresurarse.


Destino manifiesto - Historia

Los orígenes religiosos del destino manifiesto

Donald M. Scott
Profesor de historia
Queens College y el Centro de Graduados de la City University of New York
& copyNational Humanities Center

En 1845, un artículo sin firmar en una popular revista estadounidense, una publicación jacksoniana de larga data, el Revisión democrática, emitió un inconfundible llamado al expansionismo estadounidense. Centrándose principalmente en traer a la República de Texas a la unión, declaró que la expansión representaba y "el cumplimiento de nuestro destino manifiesto de extender el continente asignado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestros millones que se multiplican anualmente". Así nació un poderoso lema estadounidense. "Destino Manifiesto" se convirtió ante todo en un llamado y una justificación para una forma estadounidense de imperialismo, y resumió nítidamente los objetivos de la guerra mexicana. Afirmó que Estados Unidos tenía un destino, manifiesto, es decir, evidente por sí mismo, de Dios para ocupar el continente norteamericano al sur de Canadá (también reclamó el derecho al territorio de Oregón, incluida la parte canadiense). El & ldquoManifest Destiny & rdquo también era claramente una doctrina racial de supremacía blanca que no otorgaba derechos de nativos americanos o no blancos a ninguna posesión permanente de las tierras en el continente norteamericano y justificaba la expropiación de tierras indias por parte de los blancos americanos. (& ldquoManifest Destiny & rdquo fue también un eslogan clave desplegado en las empresas imperiales de los Estados Unidos en la década de 1890 y los primeros años del siglo XX que llevaron a la posesión o control estadounidense de Hawai y las islas Filipinas).

Pero el Destino Manifiesto no fue simplemente un manto para el imperialismo estadounidense y una justificación para las ambiciones territoriales de Estados Unidos. También estaba firmemente anclado en un sentido profundo y de larga data de un destino estadounidense especial y único, la creencia de que, en palabras del historiador Conrad Cherry, "América es una nación llamada a un destino especial por Dios". El propósito providencial del descubrimiento europeo y la eventual conquista de las masas de tierra & ldquodiscovered & rdquo por Cristóbal Colón estuvo presente desde el principio. Tanto los monarcas españoles como los franceses autorizaron y financiaron la exploración del "Nuevo Mundo" porque, entre otras cosas, consideraron que su misión divinamente designada era difundir el cristianismo en el Nuevo Mundo mediante la conversión de los nativos al cristianismo. Al llegar más tarde a la empresa, los británicos y especialmente los puritanos de Nueva Inglaterra llevaban consigo un exigente sentido de propósito providencial.

John Winthrop, gobernador de la colonia de la bahía de Massachusetts, dio la declaración más clara y de mayor alcance de la idea de que Dios había encomendado a los colonos ingleses en Nueva Inglaterra una misión providencial especial y única. & ldquoOn Boarde the Arrabella, on the Attlantick Ocean, Anno 1630, & rdquo Winthrop entregó el plano de lo que Perry Miller ha denominado un & ldquoerrand en el desierto & rdquo que sentó el marco para la mayoría de las versiones posteriores de la idea de que & ldquoAmerica había sido elegido providencialmente para un destino especial ''. Winthrop pronunció su sermón laico justo antes de que él y sus compañeros de viaje desembarcaran en la costa del puerto de Boston, el lugar, propuso Winthrop, al que Dios los había llamado para construir un modelo de comunidad bíblica para los protestantes en Inglaterra y en otros lugares para emular. & ldquoAsí está la causa entre Dios y nosotros. Hemos entrado en un pacto con él para esta obra, hemos tomado una comisión ", declaró, agregando" si el Señor quiere escucharnos y llevarnos en paz al lugar que deseamos, entonces ha ratificado este pacto y sellado nuestra Comisión y esperará un cumplimiento estricto de los Artículos contenidos en ella. & rdquo Pasó a especificar más completamente lo que implicaba la fidelidad a esta comisión: el pueblo de Nueva Inglaterra debe & ldquof seguir el consejo de Miqueas, hacer la justicia, amar la misericordia, caminar humildemente con nuestro Dios. Para este fin, debemos estar unidos en este trabajo como un solo hombre, debemos entretenernos en el afecto fraternal, debemos estar dispuestos a reducirnos de nuestras superfluidades para el suministro de las necesidades de los demás. & Rdquo Pero está cerca del final de El discurso que acuñó la frase que ha sido invocada una y otra vez (más recientemente por el presidente Ronald Reagan) para expresar la idea de la unicidad y destino providencial de América & rsquos. Si somos fieles a nuestra misión, encontraremos que el Dios de Israel está entre nosotros, cuando decenas de nosotros podamos resistir a mil de nuestros enemigos, cuando él nos haga alabanza y gloria, que los hombres dirán de plantaciones sucesivas: el señor lo hace como Nueva Inglaterra, porque debemos considerar que seremos como una ciudad sobre una colina, con los ojos de todas las personas sobre nosotros. & rdquo

En las décadas que siguieron al discurso de Winthrop & rsquos, la mayoría de los teólogos de Nueva Inglaterra predicaron menos acerca de la misión divina de Nueva Inglaterra y los rsquos, que emitieron profundos, lamentos y mdashJeremiads, los historiadores posteriores los han llamado & mdashab sobre cuán lejos habían caído los habitantes de Nueva Inglaterra de cumplir con los requisitos de su Pacto con Dios y cómo todos los males y la agitación que les había sucedido y la guerra del Príncipe Felipe y los rsquos, la pérdida de los estatutos de Nueva Inglaterra y los rsquos, el fenómeno de la brujería, las sequías y los inviernos espantosos, etc., eran los signos y el resultado de la ira de Dios por sus fracasos. Sin embargo, en medio de lo que posteriormente se denominó & ldquothe Great Awakening & rdquo (pero en ese momento se consideró una efusión extraordinaria de la gracia salvadora de Dios) que se extendió por Nueva Inglaterra y las otras colonias británicas en la década de 1740, la idea que Dios había elegido a América para un destino especial resucitó en una nueva forma. En medio del Despertar, el gran teólogo y avivador de Nueva Inglaterra, Jonathan Edwards, escribió que "la gloria de los últimos días" en resumen, el Milenio, los "tiempos del fin" que traerían la segunda venida de Cristo a la tierra y la propagación del Rey de Dios a través de el mundo, comenzaría en América. "No es probable que esta obra del espíritu de Dios [los avivamientos] tan extraordinaria y maravillosa", afirmó Edwards, "sea el amanecer, o al menos un preludio de esa gloriosa obra de Dios, tan a menudo predicha en las Escrituras, que en el progreso y cuestión de ella, renovará el mundo de la humanidad. & rdquo

Los principales predicadores del Segundo Gran Despertar que se extendieron por los Estados Unidos durante gran parte de la primera mitad del siglo XIX, como Lyman Beecher (padre de Harriet Beecher Stowe y Henry Ward Beecher) y Charles Grandison Finney, reafirmaron la afirmación de que Estados Unidos ser el sitio del milenio y que el Despertar era su signo seguro. Sin embargo, dieron a su idea del milenio un giro estadounidense particular. Así como Winthrop vinculó la idea de la misión providencial de Nueva Inglaterra con el carácter de la comunidad cristiana que se les encargó establecer, así también los millennialistas como Beecher describieron la sociedad que traería el milenio como la república estadounidense, uniendo así la llegada del milenio. milenio con la difusión y el triunfo de la libertad y la democracia estadounidenses. En su tratado de 1832, La súplica por OccidenteBeecher afirmó que al principio había pensado que la predicción de Edwards era quimérica, pero ahora pensaba que todos los desarrollos providenciales desde entonces y todos los signos existentes de la época la corroboran. Pero si es mediante la marcha de la revolución y la libertad civil, que se va a preparar el camino del Señor, ¿dónde se encontrará la energía central y de qué nación saldrá el poder renovador? '', La respuesta de Beecher & rsquos fue clara: esto La nación está, en la providencia de Dios, "destinada a liderar el camino en la emancipación moral y política del mundo". La relación entre Dios y la nación, en esta formulación milenialista, es sutil y algo ambigua. La fusión entre la voluntad de Dios y el carácter democrático de la nación otorga sanción divina a los arreglos seculares de libertad y democracia de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, convierte a la propia nación en un instrumento en la llegada del milenio. Además, especialmente en situaciones de conflicto, la afirmación de que Dios estaba del lado de uno a menudo implicaba demonizar al enemigo. Para Beecher, el enemigo demoníaco u "ldquoother" era una conspiración católica romana para difundir el "ldquoRomanism" por todo el oeste de Estados Unidos.

Sin embargo, fueron los mormones quienes dieron la expresión más completa a la idea de Estados Unidos como el lugar del milenio. Las profecías y el Libro de Mormón entregados a José Smith y su posterior organización de la Iglesia Mormona marcaron el comienzo de "los últimos tiempos" como el nombre formal de la nueva religión, "La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días" lo deja sin lugar a dudas. Después de una violenta persecución en Ohio, Misuri e Illinois, Brigham Young condujo a los mormones al desierto de Utah y allí estableció una nueva ciudad sobre una colina, una nueva Sión que, como Conrad Cherry la expresó y quowas la Ciudad Santa en el desierto [que] era para Young el lugar de reunión de los santos desde el cual irradiarían influencias que convertirían a todo el continente americano, y eventualmente al mundo, en God & rsquos Sion. & rdquo

La idea de que Dios había elegido las colonias británicas para un destino especial recibió una gran reformulación con la Revolución Americana y el establecimiento de los Estados Unidos como una nación nueva, única e independiente, una Novus Ordo Seclorum& mdasha nuevo orden secular. El clero, especialmente el clero calvinista de Nueva Inglaterra, era en gran medida un clero patriota que probablemente desempeñó un papel más importante en la movilización del apoyo a la revolución que los innumerables folletos anti-británicos producidos entre 1765 y 1776. En su mayor parte, su defensa de la La causa patriota se expresó en la forma familiar del Jeremiad: los sermones insistían en que Dios había visitado las injusticias y tiranías que el Parlamento y la Corona emplearon para "quitar" a los colonos a la "quoslavidad" debido a la terrible pecaminosidad en la que habían caído. Dios requirió arrepentimiento y una nueva fidelidad a "la Sagrada Causa de la Libertad". Para 1789, con la adopción de la Constitución y la toma de posesión de George Washington como presidente, la nueva nación misma recibió un significado y una misión especiales. Los estadounidenses no consideraban que su nueva nación fuera simplemente otra nación entre las naciones, sino una entidad providencialmente bendecida encargada de desarrollarse y mantenerse como el faro de la libertad y la democracia para el mundo.

Como es bien sabido, Estados Unidos no solo era notablemente diverso religiosamente, sino que su nueva Constitución, con la primera enmienda de la Declaración de Derechos, también estableció una clara separación entre la iglesia y el estado, prohibiendo expresamente la institución de una iglesia establecida. Era formalmente una nación secular y aunque al mismo tiempo era una sociedad profundamente religiosa y sustentada por la voluntad divina, de cuyos ciudadanos se esperaba que suscribieran sus principios fundadores con devoción religiosa. En efecto, lo que surgió fue una noción sacralizada de la nueva nación y el desarrollo de lo que varios estudiosos han denominado una poderosa y "religión civil", una forma particular de nacionalismo cultural a la que todos los "verdaderos" estadounidenses, ya sean nativos o inmigrantes y cualquiera que sea su religión personal. creencias y afiliaciones, se esperaba que se adhirieran. En este sentido, los Estados Unidos pueden ser considerados como una sociedad `` igualada '', unificada menos por fronteras geográficas que cambiaban continuamente, y más por un conjunto de doctrinas específicas inscritas en la Declaración de Independencia y Constitución, a las que todos los ciudadanos de la nación dieron su lealtad. La nueva república democrática, proclamada única, había sido ordenada por Dios y dotada con la misión especial de ser la nueva y la ciudad en una colina y hacer brillar el faro de la libertad sobre el mundo y, a veces, si se consideraba necesario, difundir su forma de democracia. por la fuerza de las armas a otras partes del mundo. Rápidamente los líderes revolucionarios, especialmente George Washington y Thomas Jefferson, fueron elevados a Padres Fundadores, y la Declaración y la Constitución se convirtieron en reliquias casi sagradas. Esencial para la historia, por supuesto, fue la apoteosis de Washington "semejante a un dios" en un Moisés estadounidense que condujo a su pueblo de la esclavitud a una tierra de libertad. Así fue la nueva nación y, hasta cierto punto, su gente, "elegida". Mientras que un lenguaje tan familiar como "tierra prometida" y "equidad sobre una colina" son sólo alusiones bíblicas ", como ha dicho el historiador religioso John Wilson," la imagen o figura maestra que Enmarca y establece su verdadero contenido, es el tipo de Israel como pueblo elegido por Dios & rsquos. Así, las expresiones aparentemente secularizadas [de estas frases] tienen una resonancia más profunda que ubica los orígenes de la misión estadounidense con mucha precisión incluso cuando no están explícitamente elaboradas. & Rdquo

Tales son los contornos básicos de la idea de América y rsquos y ldquochosenness & rdquo y destino providencial y misión que no solo subyacen en la invocación de la nación & rsquos & ldquoManifest Destiny & rdquo como la razón fundamental para que Estados Unidos extienda sus fronteras al Océano Pacífico. También es la constelación de ideas que ha informado al nacionalismo estadounidense y sus acciones en el país y en el extranjero hasta el día de hoy. Como se señaló, se usó explícitamente para justificar la guerra hispanoamericana y los objetivos imperialistas que la acompañan. El presidente Woodrow Wilson lo invocó para llamar a los estadounidenses a luchar para hacer que el mundo sea un mundo "seguro para la democracia", como hizo el presidente Franklin Roosevelt, cuando en la Segunda Guerra Mundial unió al público estadounidense detrás de la guerra contra los fascistas y nazis europeos y el Japón imperial. También fue un pilar de la Guerra Fría: de hecho, la frase 'ldquounder God & rdquo solo se agregó al Juramento a la Bandera en 1954 en el apogeo de la Guerra Fría. El sentido de la singularidad y misión estadounidenses también subyace en el discurso inaugural de John F. Kennedy & rsquos. Y el presidente George W. Bush, considerándose un agente de la voluntad divina, ha defendido sus políticas en Irak invocando la idea de que es deber y destino de Estados Unidos conquistar el terrorismo y asegurar la democracia para Irak y ayudar a difundirla a otras naciones. del Medio Oriente.

Sin embargo, no es sorprendente que Abraham Lincoln proporcionara la declaración más compleja pero clara de la idea de que Estados Unidos tiene un deber sagrado para con sí mismo y con el mundo de preservar y proteger la libertad y la democracia. En 1837, cuando era un joven de 28 años, Lincoln pronunció un discurso en el Lyceum de Springfield, Illinois. Fue una época de gran agitación social y política. Illinois estaba lleno de violencia por la cuestión de la abolición de la esclavitud. En Alton, Illinois, una mafia anti-abolicionista había asesinado recientemente al editor abolicionista Elijah Lovejoy, destruyó su imprenta e incendió su oficina y su casa. En esta atmósfera de intensa lucha política, Lincoln usó su discurso del Liceo para llamar a sus compañeros de Illinois (y estadounidenses) a volver a los principios democráticos y liberales básicos, el credo nacional estadounidense y la religión civil estadounidense, y abrazarlos y abrazarlos tan profundamente como lo hicieron en privado. creencias religiosas. Solo una fe nacional común, argumentó, podría proporcionar la base real y duradera que mantendría unida a la nación en expansión, diversa y asolada por los conflictos.

Durante la Guerra Civil, Lincoln encontró estas creencias fuertemente desafiadas y al mismo tiempo les dio su expresión más elocuente y poderosa. Lincoln siempre había mantenido su espiritualidad inquisitiva y, a menudo, escéptica, muy bien guardada, pero a medida que la guerra avanzaba implacablemente, sus creencias y discursos adquirieron no un tono sectario sino profundamente del Antiguo Testamento. La cadencia y las palabras de su discurso de Gettysburg acentúan su mensaje: la Unión, "la última y mejor esperanza de la tierra", estaba luchando por la sagrada causa de la libertad. "Es para los vivos", declaró, "estar aquí consagrados a la gran tarea que nos queda por delante" que de estos honrados muertos recibimos una mayor devoción a la causa por la que dieron la última y verdadera medida de devoción. . . que esta nación bajo Dios, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. . . y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no perecerá de la tierra. & rdquo

En su breve segundo discurso inaugural, pronunciado solo seis semanas antes de su asesinato, Lincoln exploró la relación entre la libertad estadounidense y la Divina Voluntad. Sabía que las naciones a menudo, si no siempre, reclamaban a Dios oa los Dioses de su lado. Entonces, reconociendo que "cualquiera de las partes esperaba para la guerra la magnitud o la duración que ya ha alcanzado", Lincoln abordó el hecho de que tanto el Norte como el Sur invocaron a Dios como su partidario: "Ambos leen la misma Biblia y oran al mismo Dios, y cada uno invoca Su ayuda contra el otro. Pero dejó en claro sin lugar a dudas que aunque no conocía ni podía conocer realmente la Voluntad de Dios, sí sabía que Dios tenía la intención de acabar con la esclavitud, sin importar lo que costara. Lincoln invocó poderosamente una visión similar a la de Jeremías de un Dios todopoderoso y profundamente ofendido que reinaría & ldquowoe & rdquo sobre aquellos por los pueblos a través de & lsquowhhhhhhhhhhhhhh sea la ofensa viene. & Rsquo & ldquoSi suponemos que la esclavitud estadounidense es una de esas ofensas, & rdquo declaró, & ldquow, en la providencia de Dios, tiene que venir, pero que, habiendo continuado durante Su tiempo señalado, ahora desea eliminar, y que da tanto al Norte como al Sur esta terrible guerra como el dolor debido a aquellos por quienes vino la ofensa, será ¿discernimos en él alguna desviación de los atributos divinos que los creyentes en un Dios viviente le atribuyen? ''. Sin embargo, si Dios quiere que continúe hasta que toda la riqueza acumulada por el siervo y los rsquos, doscientos cincuenta años de trabajo no correspondido se hundirán, y hasta que cada gota de sangre extraída con el látigo sea pagada por otro desenvainado con la espada, como fue dicho, . . . so still it must be said &lsquothe judgments of the Lord are true and righteous altogether.&rsquo&rdquo Here it all is: the idea that the United States represents &ldquothe last best hope&rdquo that&mdashthe belief that an all powerful, not fully comprehendible God, governs the affairs of humankind, and that this God held the whole nation, not just the South, accountable for the existence of slavery in its midst, for the violation of its appointed mission. Finally, unlike most proponents of the idea that &ldquoAmerica is a nation called to a special destiny by God,&rdquo he refrains from claiming God as the agent of Northern victory, even though as the second inaugural makes clear he had come to believe the Almighty was the ultimate agent of &ldquothe mighty scourge of war&rdquo that He had visited upon the nation for the sin of slavery.

Guiding Student Discussion

At first glance, it may seem rather difficult to engage students in a discussion of religion and Manifest Destiny. I usually do not like to start with contemporary issues and perspectives or with the students&rsquo beliefs, but on this topic I have found it to be effective. Teaching strategies will obviously depend on the particular composition of your classes. In a classroom in Queens, New York (the most diverse political jurisdiction in the country) well over half its students or their parents are likely to be born outside of the United States and at least half will adhere to faiths other than Christianity. Clearly a very different student population than a teacher in Troy, Ohio, for example, might face. Perhaps the best initial strategy is to open up the issues the topic raises: questions of nationalism and cultural unity questions of the relationship between belief in an all powerful, superintending God and the actions of nations questions of what happens when nations claim an expansive mission and justify this with a claim to Divine favor?

You might begin by asking your students if they think that the various peoples of the United States with all their ethnic, religious, and racial diversity subscribe to anything that might be called &ldquoa common faith&rdquo and what beliefs it consists of and how it operates as a faith, does it seem to require some kind of belief in God. You could ask how many of them participate in various rituals of America&rsquos supposed Civil Religion, e.g. Fourth of July, Memorial Day, the Pledge of Allegiance. At this point a particularly astute student might point out that the stars and stripes of the flag only refer to the original 13 and the present 50 states of the union and that the flag doesn&rsquot seem to have any religious references at all. Do they consider the United States to be unique in its basic values of liberty and democracy and to have a &ldquomission&rdquo to preserve and promote them? Do many or any of them believe that God does play a role in the action and fate of nations? What have been various consequences when the United States (and other nations) claims a special providence and mission from God?

This discussion should lead into a more historically oriented discussion that can best be conducted through the use of key primary documents. Winthrop&rsquos speech on the Arbella, the Declaration of Independence, and Lincoln&rsquos Gettysburg Address and his second inaugural address work especially well. Conrad Cherry, God&rsquos New Israel: Religious Interpretations of American Destiny, is a superb anthology with three centuries of primary documents on religious interpretations of American destiny. The introductions to the various sections and documents are also especially helpful.

The vast scholarly literature that bears on this subject is less a debate than a range of works on different periods and from different disciplines and perspectives. An indispensable source and the best place to begin is Conrad Cherry, God&rsquos New Israel: Religious Interpretations of American Destiny (1998). On Manifest Destiny itself, two older books, Albert K. Weinberg, Destino manifiesto (1958) and Frederick Merk, Manifest Destiny and Mission in America (1963) remain useful. But see also Sam Haynes and Christopher Morris, eds. Manifest Destiny and Empire (1977). Perry Miller, Errand into the Wilderness (1956) remains an essential source for the Puritan sense of mission. The concept of &ldquoCivil Religion&rdquo was introduced into American scholarship by Robert N. Bellah, &ldquoCivil Religion in America,&rdquo Daedalus, Winter 1967. Sidney E. Mead, &ldquoThe Nation With the Soul of a Church,&rdquo Church History, Sept. 1967, is a beautifully written and illuminating article. See also John Wilson, Public Religion in American Culture (1979) and Martin Marty, ed. Civil Religion, Church and State (1992). See also Nathan Hatch, The Sacred Cause of Liberty: Republican Thought and the Millennium in Revolutionary New England (1977) Earnest Lee Tuveson, Redeemer Nation: The Idea of America&rsquos Millennial Role (1968) and H. Richard Niebuhr, The Kingdom of God in America (1959). On particular topics, Jan Shipps, Mormonism: The Story of a New Religious Tradition (1985) and James H. Moorhead, Yankee Protestants and the Civil War, 1860-1869 (1979), are particularly useful.

Donald Scott was a Fellow at the National Humanities Center in 1985-86. He has taught at the University of Chicago, North Carolina State University, Brown University, the New School, and is currently Dean of Social Science and Professor of History at Queens College / City University of New York. El es el autor de From Office to Profession: The New England Ministry, 1750-1850 (1978) America's Families: A Documentary History (1982, with Bernard Wishy) The Pursuit of Liberty (1996, with R. J. Wilson, et al.) and he is the co-editor of The Mythmaking Frame of Mind: Social Imagination and American Culture (1993). He is currently at work on a book entitled Theatres of the Mind: Knowledge and Democracy in 19th-Century America.

Address comments or questions to Professor Scott through TeacherServe &ldquoComments and Questions.&rdquo


James K. Polk

Bill passed when the United States acquired the Oregon Territory, one of the driving goals of Polk's presidency.

James K. Polk, President of the United States 1845-1849.

While Andrew Jackson was an expansionist and his Indian Removal Act was incredibly influential in fulfilling the Manifest Destiny, it was his protege, Democratic president James K. Polk, who built his campaign around this idea of Manifest Destiny. Not only was Polk concerned over acquiring the Oregon territory (his camapaign slogan "54'40 or fight" made it clear that he was a proponent of Manifest Destiny), but he was also crucial in acquiring Texas, igniting an easily-won war with Mexico that gave the United States not only Texas with their preferred borders, but also much more territory in the Southwest, including Arizona and California. By 1849, around the same time as Polk's death, the Manifest Destiny was near complete and the United States of America controlled land from sea to shining sea.


What is Manifest Destiny? The Controversial History of Westward Expansion

The White House Twitter page quoted President Trump's Fourth of July speech at Mount Rushmore in a tweet that said: "Americans are the people who pursued our Manifest Destiny across the ocean, into the uncharted wilderness, over the tallest mountains, and then into the skies and even into the stars."

Manifest Destiny is a philosophy that originated in the 19th century. It is the idea that the U.S. is destined to expand its territories and ideals across the North American continent, and that the country has the God-given right to do so.

"Americans are the people who pursued our Manifest Destiny across the ocean, into the uncharted wilderness, over the tallest mountains, and then into the skies and even into the stars." pic.twitter.com/AYCgAC5oN0

&mdash The White House (@WhiteHouse) July 7, 2020

The term "Manifest Destiny" was coined in 1845 by magazine editor John L. O'Sullivan, who wrote about the annexing of Texas and the supposed inevitability of American expansion.

Manifest Destiny was used to validate the Westward Expansion and the acquisition of Oregon, Texas, New Mexico, and California before the Civil War and was used to justify the removal of Native American people from their land.

However, the concept of Manifest Destiny existed before it had a name, which can be seen in the history of Westward Expansion. The Westward Expansion began with the Louisiana Purchase in 1803, which nearly doubled the size of the U.S., and was continued with the Florida Purchase Treaty in 1819.

President James Monroe used the concept of Manifest Destiny to warn European countries against interfering in the Westward Expansion of the U.S., declaring that any attempt by Europe to colonize America would be seen as an act of war.

In 1846, James K. Polk's administration negotiated the Oregon Treaty with Great Britain, which divided the territory between the U.S. and Canada.

In 1848, the Mexican-American war ended and the U.S. acquired 525,000 square miles of territory, including all or parts of what is now California, Arizona, Colorado, New Mexico, Nevada, Utah, and Wyoming. The Wilmot Proviso was designed to eliminate slavery within this new territory.

The acquisition of more land exacerbated tensions between slaveowners and abolitionists, as the North and South states had to decide whether the newly-acquired territories would be slave states or free states&mdashthis conflict eventually resulted in the American Civil War.

The idea of Manifest Destiny was revived with the purchase of Alaska in 1867 and gained popularity again in U.S. foreign policy in the 1890s. The Spanish-American War occurred in 1898, with the U.S. acquiring Puerto Rico as a territory, as well as the Philippines, which was a Spanish colony at the time.

The Westward Expansion worsened the conflict between the white settlers and Native Americans, Hispanic people, and other non-European occupants of the territories.

A little after Trump mentioned Manifest Destiny in his speech, he said: "We are the culture that put up the Hoover Dam, laid down the highways, and sculpted the skyline of Manhattan.

"We are the people who dreamed a spectacular dream&mdashit was called: Las Vegas, in the Nevada desert who built up Miami from the Florida marsh and who carved our heroes into the face of Mount Rushmore."

Trump's speech taking place at Mount Rushmore was controversial, with leaders of two tribes of the Sioux Nation speaking out against it, but using the term Manifest Destiny at Mount Rushmore made it even more so considering how the concept was used to justify the removal of Native Americans.

The faces of George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt, and Abraham Lincoln were carved into the Black Hills &mdashan area considered sacred by the Sioux people&mdashby Gutzon Borglum, a Ku Klux Klan-linked artist, in 1941.

The president of the Oglala Sioux tribal council, Julian Bear Runner, said that Trump's Fourth of July celebration will cause an "uproar." Bear Runner cited an increase in coronavirus cases and a lack of resources as reasons why Trump's Fourth of July event should not take place at Mount Rushmore.

But Bear Runner also said: "The lands on which that mountain is carved and the lands he's about to visit belong to the Great Sioux Nation under a treaty signed in 1851 and the Fort Laramie Treaty of 1868 and I have to tell him he doesn't have permission from its original sovereign owners to enter the territory at this time."

The land was given to Native Americans after the Fort Laramie Treaty of 1868 was signed, but following the discovery of gold, the federal government reclaimed the land in 1874.

The chair of the Cheyenne River Sioux Tribe in South Dakota, Harold Frazier, called for the removal of the Mount Rushmore monument and even offered to remove it himself, saying in a statement: "Nothing stands as a greater reminder to the Great Sioux Nation of a country that cannot keep a promise or treaty than the faces carved into our sacred land on what the United States calls Mount Rushmore.

"This brand on our flesh needs to be removed and I am willing to do it free of charge to the United States by myself if I must."

But the Manifest Destiny philosophy still seems to be favored by Trump, as later in his speech, the president said: "Americans harnessed electricity, split the atom, and gave the world the telephone and the Internet.

"We settled the Wild West, won two World Wars, landed American astronauts on the Moon&mdashand one day very soon, we will plant our flag on Mars."


Origin of the Manifest Destiny Phrase

John O’Sullivan- Editor of the Democratic Review Newspaper (c.1845)

During the mid-19th century, John O’ Sullivan (an editor of the Democratic Review and the New York Morning Review newspapers) became the first man to coin the concept of “Manifest Destiny” – the strong belief that the U.S.A. was blessed by God to be a superior power that had to expand throughout North America- and even march into areas on the Pacific. In other words, he had coined a term for the Continental Expansionism. Some historians have argued that, the concept was a direct proposition for the extermination of American Indians.

From one point of view, “Manifest Destiny” appeared as a new term. But deep beneath historical facts, its underlying ideas of colonialism and subjugation were as old as Methuselah.


The Annexation of Texas

When Mexico gained its independence from Spain, Texas was a sparsely settled frontier province bordering the United States. Texas, explored by the Spanish as early as the 1500s, was largely neglected in the centuries that followed. Only a few thousand Mexicans—known as Tejanos—lived in the province by the early 1820s, most of them clustered around the mission at San Antonio. The Mexican government encouraged Americans to emigrate to Texas in an effort to create a military buffer between marauding Indians and the more southern provinces. The Americans were required to give up their citizenship, convert to Roman Catholicism, and become Mexican citizens. In return, they were granted huge tracts of land in the region bordering Louisiana, along the Sabine, Colorado, and Brazos Rivers.

The first American empresario was Moses Austin, a former New Englander who had traded with the Spanish for decades. Austin was granted 18,000 square miles, with the understanding that he would settle 300 American families on his lands. His son, Stephen F. Austin, had the grant confirmed by Mexican authorities after his father’s death, and by the mid-1830s there were about 30,000 Americans ranching and growing cotton with the aid of several thousand black slaves. Despite the fact that the Mexican government had abolished slavery, Americans continued to emigrate with their “lifetime indentured servants.” The Americans in Texas greatly outnumbered the native Mexicans, and they sought full statehood for the province in order to gain home rule.

The American-born Texans supported Antonio Lopez de Santa Anna for the presidency of Mexico in 1833, because they believed he would support statehood. But after his election, Santa Anna proclaimed a unified central government that eliminated states’ rights. The Texans, with some Tejano allies, revolted against Santa Anna’s dictatorship. The revolutionaries declared their independence on March 2, 1836, and adopted a constitution legalizing slavery. David G. Burnet, a native of New Jersey who had lived with the Comanches for two years, was chosen president of the new republic. Sam Houston, a former Tennessee congressman and governor who fought under Andrew Jackson during the War of 1812, was selected as Commander-in-Chief of the army.

The Mexican government responded swiftly to put down the Texas rebellion. Santa Anna raised a force of about 6,000 troops, and marched north to besiege the nearly 200 rebels under the command of Colonel William B. Travis at the Alamo, the abandoned mission at San Antonio. The final assault was made on March 6, and the entire garrison was annihilated, including the wounded. Among the dead were frontier legends Davy Crockett and Jim Bowie. A few weeks later at Goliad, Santa Anna ordered the slaughter of 300 Texas rebels after they surrendered.

The Texas Revolution struck a sympathetic chord in America. Hundreds of southwestern adventurers responded to the romanticized heroism of the Alamo and promises of bounty lands. Ignoring American neutrality laws, they rushed to join the Texas army. With fewer than 900 men—about half the size of Santa Anna’s force—General Houston surprised the Mexicans at the San Jacinto River, near the site of the city that bears his name. “Remember the Alamo!” and “Goliad!” were the rallying cries of the Texans as they overwhelmed the veteran Mexican army.

Santa Anna was captured after the Battle of San Jacinto and forced to sign a treaty recognizing Texas as an independent republic, with the Rio Grande River as its southwestern boundary. Upon his return to Mexico City, Santa Anna repudiated the peace treaty. The Mexican Congress likewise refused to acknowledge the independence of Texas, and continued to claim the Nueces River as the boundary of its “rebellious province.” Mexico warned of war should the United States attempt to annex Texas.

Following the revolution, Sam Houston was elected president of Texas, and diplomatic envoys were sent to Washington seeking admission to the Union. President Andrew Jackson, concerned that the annexation of Texas might mean war with Mexico and knowing it would upset the sectional balance between free and slave states, merely extended diplomatic recognition to the new republic on March 3, 1837. His immediate successor in the White House, Martin Van Buren, also managed to sidestep the question of annexation.

President Van Buren was defeated for re-election by William Henry Harrison in the famous “Tippecanoe and Tyler Too” campaign of 1840. Tyler was a former Democratic senator from Virginia who resigned his seat rather than vote to expunge a resolution of censure directed against Jackson. This made him an attractive running-mate for Harrison, but it did not make him a Whig in principle. Harrison became the first president to die in office (only a month after his inauguration) and President Tyler soon broke with the Whigs over two key issues—the constitutionality of a national bank and the annexation of Texas.

Tyler selected South Carolinian John C. Calhoun as secretary of state, and instructed him to negotiate a treaty of annexation with the Texas envoys in Washington. Expansionists feared that an independent Texas would blunt America’s march into the southwest. Calhoun subsequently submitted a treaty to the Senate, but also made public his correspondence with the British minister, Richard Pakenham. In his letter, Calhoun chastised British officials for pressuring the Texans to abolish slavery in return for Mexican recognition of their independence. The Republic of Texas had established close diplomatic ties with several European nations, including Britain and France, in an effort to protect itself from Mexico. After defending slavery as a benign institution, Calhoun claimed that the preservation of the Union required the annexation of Texas. By linking the expansion of slavery with the admission of Texas, Calhoun doomed the annexation treaty.

The annexation of Texas and the Oregon boundary dispute were major issues during the election of 1844. While President Tyler was plotting to annex Texas, the leading contenders for the presidential nominations of the Democratic and Whig Parties did their best to defuse the explosive controversy. Former president Martin Van Buren and Henry Clay published letters expressing their opposition to the immediate annexation of Texas. Their anti-expansionist views cost Van Buren the Democratic nomination, and Clay the presidency.

Manifest Destiny was so strong among northwestern and southern Democrats, that the party’s national convention nominated James Knox Polk of Tennessee for president. “Young Hickory” ran on a platform calling for the “re-annexation of Texas” and the “re-occupation of Oregon.” Clay received the Whig nomination by acclamation, but westerners remembered his Texas letter and some northeasterners refused to support a slaveholder. James G. Birney, the candidate of the Liberty Party, polled enough Whig support in New York to swing that state’s electoral vote to Polk, who was elected president.

President Tyler viewed the Democratic victory as a mandate to annex Texas. Recognizing the difficulty of securing the two-thirds Senate vote necessary to ratify a treaty, Tyler hit upon an ingenious ploy. He sought a joint resolution of annexation from Congress that required a simple majority in each house. This was accomplished shortly before Tyler left office. After a state convention agreed to annexation on the Fourth of July, Texas was formally admitted to the Union in December 1845. President Polk, meanwhile, ordered General Zachary Taylor and about half of the United States army—some 3,500 men—to take up a defensive position on the Nueces River.


The Western Frontier

As the nation expanded westward, settlers were motivated by opportunities to farm the land or “make it rich” through cattle or gold.

Objetivos de aprendizaje

Describe the conditions common in western frontier towns

Conclusiones clave

Puntos clave

  • While the motivation for private profit dominated much of the movement westward, the federal government played a supporting role in securing land and maintaining law and order.
  • The rigors of life in the West presented many challenges to homesteaders, such as dry and barren land, droughts, insect swarms, shortages of materials, and lost crops.
  • Although homestead farming was the primary goal of most western settlers in the latter half of the 19th century, a small minority sought to make fortunes quickly through other means, such as gold or cattle.
  • The American West became notorious for its hard mining towns, such as Deadwood, South Dakota and Tombstone, Arizona, and entrepreneurs in these and other towns set up stores and businesses to cater to the miners.

Términos clave

  • Homesteading: A lifestyle of self-sufficiency characterized by subsistence agriculture and home preservation of foodstuffs it may or may not also involve the small-scale production of textiles, clothing, and craftwork for household use or sale.

Advanced Placement history nixes ‘racial superiority’ from Manifest Destiny

Right now, Advanced Placement United States History teachers are preparing about a half million high school students for an exam that could give them college credit and a leg up in university applications. But that test won’t be the same their predecessors took last year, or even the same as the one the year before. The College Board, which administers the course framework and exam , has changed the parameters for many important concepts and themes.

The course, widely adopted by high schools and taken by college-bound students, hasn’t been updated since 2006. The 2014 update, all things considered, didn’t go so well. The specific changes — to Manifest Destiny, World War II, Ronald Reagan and European settlement — inspired so much backlash that the College Board’s committee in charge of rewriting it, went back to the drawing board. In July, they released the final change that is a more “conceptual approach as opposed to specificity required for memorization,” says Maria Montoya, a New York University history professor that helped rewrite the framework.

Here’s how that change looks:

2014 version: “The idea of Manifest Destiny, which asserted U.S. power in the Western Hemisphere and supported U.S. expansion westward, was built on a belief in white racial superiority and a sense of American cultural superiority, and helped to shape the era’s political debates.”

2015 version: The movement west was due to “the desire for access to natural and mineral resources and the hope of many settlers for economic opportunities or religious refuge.” Advocates of annexing lands “argued that Manifest Destiny and the superiority of American institutions compelled the United States to expand its borders westward to the Pacific Ocean.”

But now a new set of critics are decrying the change. The College Board says A.P. history teachers widely accept the change, but the changes have become a political issue, especially the Manifest Destiny portion. Conservatives called the 2014 edition not patriotic enough critics, however, say the 2015 definition of Manifest Destiny ignores important racial connotations. Amy Greenberg, a historian at Penn State and the author of Manifest Destiny and American Territorial Expansion, worries the new definition will skew the understanding of a dangerous concept. Greenberg explains why these battles matter.

High Country News: How did Manifest Destiny play out in the American West?

Amy Greenberg: Manifest Destiny presented a certain vision of the American West of this so-called “virgin land.” It was an idea of the American West as open, free, unsettled territory that was esperando for U.S. citizens to conquer and properly make use of. The whole idea of the American West — and the way we think about it today — emerges out of a vision of Manifest Destiny.

HCN: How has the perception of this concept evolved?

AG: The first uses of manifest destiny (in the 1830s) were propaganda from a very particular perspective: We need to go take these territories from the other nations because it’s our manifest destiny. God has basically proclaimed that it’s our destiny to take over because the United States had a lot to offer people in these areas. So, it’s not solo our manifest destiny to take that land, but it’s also our manifest destiny to bring the blessings of American civilization to areas that it doesn’t exist. It justifies land acquisition by asserting that America is exceptional, and we’re actually doing a favor to the people who live in these places. In the 1840s and ‘50s, the concept becomes very popular. You can see ordinary people writing letters talking about manifest destiny. In the 1950s and ‘60s, — this was during the Cold War — you had a whole strain of historians that were very invested in proving that the United States was essentially different from the Soviet Union. One way to do that is to say that because of Manifest Destiny, we naturally moved into contiguous territory, brought the blessing of democracy to the residents there. A lot of violence and war that was involved in this was completely obscured.

HCN: Did American exceptionalism impact how Native Americans were treated?

AG: There’s a great image by John Gast called “American Progress” from 1873 that really sums it up. If you look in the corner, you see Indians running away in fear because they’re afraid of this fantastic, scantily clad, flying white woman. She’s carrying the telegraph line, she has a book that is likely the Bible or a book or learning and you have all of the settlers just following her. This photo represents a justification of what I would argue for basically a series of wars against Indians. It’s not like anybody is even attacking these Indians. They are just running away. Even the dog is running away. But if you look at what Realmente happened during settlement of the West, those guys would be killing the Indians.

HCN: Some opponents say the new framework is a watered down version of history. Is that fair?

AG: It doesn’t strike me as watered down, so much as just totally different. There’s nothing factually wrong in the new version, but it’s really beside the point. The racial superiority and cultural superiority are more important and certainly helped shaped the era’s political beliefs and debates. Everyone wants economic opportunities and everyone wants natural resources, but that’s not essentially what [Manifest Destiny] is about.

HCN: What does it mean to have a more sterilized version at this moment in time?

AG: It seems like a step backwards in recognizing the role of race in American history. It makes Indians invisible. It’s really odd. This is the difference between what people say, and why they’re saying it. And I think the original definition gets more into why people were saying it, and the new framework of manifest destiny is staying more on the surface.

HCN: Why is an accurate understanding of Manifest Destiny important?

AG: The importance of understanding what Manifest Destiny was really about is realizing what roles things like racism have played in the past. What’s at stake is people’s ability to logically and realistically critique political discourse today. In other words, at the time of the Iraq war, people were using Manifest Destiny a lot, and mostly in a positive way. They were saying our manifest destiny is to bring democracy to these places. It’s very interesting and also troubling, because you see a slippage between the way in which the discourse of Manifest Destiny is justified and [the way it] allowed people to forget about things like killing all of the Indians. If you actually know what Manifest Destiny was and what it did, one would hope that you are more able to see the problems with that discourse today. Manifest Destiny is not this benign force. It’s an ideology that’s been mobilized in order to justify a lot of bad stuff.

HCN: How does a valorization of Manifest Destiny shape students’ understanding of history?

AG: I think this new framework is doing the students a disservice. It’s providing them with what I would say is a historically inaccurate view of what Manifest Destiny is. I wonder what those students are going to deal with when they get to college and take more advanced history classes that have a totally different framework. You’re going to have to look really hard to find a college professor who focuses on western expansion and manifest destiny that is going to agree with this framework.


John L. O’Sullivan on “Manifest Destiny”

The American people having derived their origin from many other nations, and the Declaration of National Independence being entirely based on the great principle of human equality, these facts demonstrate at once our disconnected position as regards any other nation that we have, in reality, but little connection with the past history of any of them, and still less with all antiquity, its glories, or its crimes. On the contrary, our national birth was the beginning of a new history, the formation and progress of an untried political system, which separates us from the past and connects us with the future only and so far as regards the entire development of the natural rights of man, in moral, political, and national life, we may confidently assume that our country is destined to be the great nation of futurity.

It is so destined, because the principle upon which a nation is organized fixes its destiny, and that of equality is perfect, is universal. It presides in all the operations of the physical world, and it is also the conscious law of the soul — the self-evident dictates of morality, which accurately defines the duty of man to man, and consequently man’s rights as man. Besides, the truthful annals of any nation furnish abundant evidence, that its happiness, its greatness, its duration, were always proportionate to the democratic equality in its system of government. . . .

What friend of human liberty, civilization, and refinement, can cast his view over the past history of the monarchies and aristocracies of antiquity, and not deplore that they ever existed? What philanthropist can contemplate the oppressions, the cruelties, and injustice inflicted by them on the masses of mankind, and not turn with moral horror from the retrospect?

America is destined for better deeds. It is our unparalleled glory that we have no reminiscences of battle fields, but in defence of humanity, of the oppressed of all nations, of the rights of conscience, the rights of personal enfranchisement. Our annals describe no scenes of horrid carnage, where men were led on by hundreds of thousands to slay one another, dupes and victims to emperors, kings, nobles, demons in the human form called heroes. We have had patriots to defend our homes, our liberties, but no aspirants to crowns or thrones nor have the American people ever suffered themselves to be led on by wicked ambition to depopulate the land, to spread desolation far and wide, that a human being might be placed on a seat of supremacy.

We have no interest in the scenes of antiquity, only as lessons of avoidance of nearly all their examples. The expansive future is our arena, and for our history. We are entering on its untrodden space, with the truths of God in our minds, beneficent objects in our hearts, and with a clear conscience unsullied by the past. We are the nation of human progress, and who will, what can, set limits to our onward march? Providence is with us, and no earthly power can. We point to the everlasting truth on the first page of our national declaration, and we proclaim to the millions of other lands, that “the gates of hell” — the powers of aristocracy and monarchy — “shall not prevail against it.”

The far-reaching, the boundless future will be the era of American greatness. In its magnificent domain of space and time, the nation of many nations is destined to manifest to mankind the excellence of divine principles to establish on earth the noblest temple ever dedicated to the worship of the Most High — the Sacred and the True. Its floor shall be a hemisphere — its roof the firmament of the star-studded heavens, and its congregation an Union of many Republics, comprising hundreds of happy millions, calling, owning no man master, but governed by God’s natural and moral law of equality, the law of brotherhood — of “peace and good will amongst men.”. . .

Yes, we are the nation of progress, of individual freedom, of universal enfranchisement. Equality of rights is the cynosure of our union of States, the grand exemplar of the correlative equality of individuals and while truth sheds its effulgence, we cannot retrograde, without dissolving the one and subverting the other. We must onward to the fulfilment of our mission — to the entire development of the principle of our organization — freedom of conscience, freedom of person, freedom of trade and business pursuits, universality of freedom and equality. This is our high destiny, and in nature’s eternal, inevitable decree of cause and effect we must accomplish it. All this will be our future history, to establish on earth the moral dignity and salvation of man — the immutable truth and beneficence of God. For this blessed mission to the nations of the world, which are shut out from the life-giving light of truth, has America been chosen and her high example shall smite unto death the tyranny of kings, hierarchs, and oligarchs, and carry the glad tidings of peace and good will where myriads now endure an existence scarcely more enviable than that of beasts of the field. Who, then, can doubt that our country is destined to be the great nation of futurity?
Fuente


Manifest Destiny - History

Destino manifiesto
Digital History ID 362

In 1845, John L. O'Sullivan (1813-1895), editor of the Democratic Review, referred in his magazine to America's "manifest destiny to overspread the continent allotted by Providence for the free development of our yearly multiplying millions." The idea that America had a special destiny to stretch across the continent motivated many Americans to dream big dreams and migrate West. "We Americans," wrote the novelist Herman Melville, "are the peculiar, chosen people--the Israel of our time." Aggressive nationalists invoked manifest destiny to justify Indian removal, war with Mexico, and American expansion into Texas, California, the Pacific Northwest, Cuba, and Central America. More positively, the idea also inspired missionaries, farmers, and pioneers who dreamed only of transforming plains and fertile valleys into farms and small towns.


Documento: The American people having derived their origin from many other nations, and the Declaration of National Independence being entirely based on the great principle of human equality, these facts demonstrate at once our disconnected position as regards any other nation that we have, in reality, but little connection with the past history of any of them, and still less with all antiquity, its glories, or its crimes. On the contrary, our national birth was the beginning of a new history, the formation and progress of an untried political system, which separates us from the past and connects us with the future only and so far as regards the entire development of the natural rights of man, in moral, political, and national life, we may confidently assume that our country is destined to be the great nation of futurity.

It is so destined, because the principle upon which a nation is organized fixes its destiny, and that of equality is perfect, is universal. It presides in all the operations of the physical world, and it is also the conscious law of the soul -- the self-evident dictates of morality, which accurately defines the duty of man to man, and consequently man's rights as man. Besides, the truthful annals of any nation furnish abundant evidence, that its happiness, its greatness, its duration, were always proportionate to the democratic equality in its system of government. . . .

What friend of human liberty, civilization, and refinement, can cast his view over the past history of the monarchies and aristocracies of antiquity, and not deplore that they ever existed? What philanthropist can contemplate the oppressions, the cruelties, and injustice inflicted by them on the masses of mankind, and not turn with moral horror from the retrospect?

America is destined for better deeds. It is our unparalleled glory that we have no reminiscences of battle fields, but in defence of humanity, of the oppressed of all nations, of the rights of conscience, the rights of personal enfranchisement. Our annals describe no scenes of horrid carnage, where men were led on by hundreds of thousands to slay one another, dupes and victims to emperors, kings, nobles, demons in the human form called heroes. We have had patriots to defend our homes, our liberties, but no aspirants to crowns or thrones nor have the American people ever suffered themselves to be led on by wicked ambition to depopulate the land, to spread desolation far and wide, that a human being might be placed on a seat of supremacy.

We have no interest in the scenes of antiquity, only as lessons of avoidance of nearly all their examples. The expansive future is our arena, and for our history. We are entering on its untrodden space, with the truths of God in our minds, beneficent objects in our hearts, and with a clear conscience unsullied by the past. We are the nation of human progress, and who will, what can, set limits to our onward march? Providence is with us, and no earthly power can. We point to the everlasting truth on the first page of our national declaration, and we proclaim to the millions of other lands, that "the gates of hell" -- the powers of aristocracy and monarchy -- "shall not prevail against it."

The far-reaching, the boundless future will be the era of American greatness. In its magnificent domain of space and time, the nation of many nations is destined to manifest to mankind the excellence of divine principles to establish on earth the noblest temple ever dedicated to the worship of the Most High -- the Sacred and the True. Its floor shall be a hemisphere -- its roof the firmament of the star-studded heavens, and its congregation an Union of many Republics, comprising hundreds of happy millions, calling, owning no man master, but governed by God's natural and moral law of equality, the law of brotherhood -- of "peace and good will amongst men.". . .

Yes, we are the nation of progress, of individual freedom, of universal enfranchisement. Equality of rights is the cynosure of our union of States, the grand exemplar of the correlative equality of individuals and while truth sheds its effulgence, we cannot retrograde, without dissolving the one and subverting the other. We must onward to the fulfilment of our mission -- to the entire development of the principle of our organization -- freedom of conscience, freedom of person, freedom of trade and business pursuits, universality of freedom and equality. This is our high destiny, and in nature's eternal, inevitable decree of cause and effect we must accomplish it. All this will be our future history, to establish on earth the moral dignity and salvation of man -- the immutable truth and beneficence of God. For this blessed mission to the nations of the world, which are shut out from the life-giving light of truth, has America been chosen and her high example shall smite unto death the tyranny of kings, hierarchs, and oligarchs, and carry the glad tidings of peace and good will where myriads now endure an existence scarcely more enviable than that of beasts of the field. Who, then, can doubt that our country is destined to be the great nation of futurity?


Destino manifiesto

James K. Polk’s first State of the Union Address, on 2 December 1845, promoted the concept that the US should encompass all of North America.

James Polk was the first president to vocalise the concept that the US should stretch ‘from sea to shining sea’.

This concept of Manifest Destiny was not Polk’s own. The first use of the term has been credited to newspaper editor John O’Sullivan. It was embraced by the Democrats, who saw white Anglo-Saxon America as a civilising Christian influence with a rightful claim to the whole continent, regardless of the long histories of the native peoples or European powers they found there.

Under Polk, Manifest Destiny was put into action with the annexation of the nominally independent Texas and the ceding from Mexico of parts of nine states. Having announced this huge increase in the size of the US, which he rather bewilderingly referred to as a ‘bloodless achievement’, his address went on to assert ‘our title to the whole Oregon Territory’, which was followed by a claim that ‘The civilized world will see in these proceedings a spirit of liberal concession on the part of the United States.’ This might have left the British a little baffled, but the aggressive stance did lead to them backing down and signing the Oregon Treaty the following year, dividing the whole territory along the 49th Parallel.

Polk ended with the battle cry of Manifest Destiny:

It is to the enterprise and perseverance of the hardy pioneers of the West, who penetrate the wilderness with their families, suffer the dangers, the privations, and hardships attending the settlement of a new country . that we are in a great degree indebted for the rapid extension and aggrandizement of our country.

But as tensions rose between slave and non-slaving owning states over who should control these vast new lands, Polk’s nationalism was sowing some of the first seeds of the Civil War.


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